“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener ninguna historia que contar: es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”
FABIAN POLOSECKI (1964-1996)

martes, 7 de abril de 2009

ASÍ ESCRIBÍA CAICEDO II

Mamacita: Cali, 1975

"Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez. (...) Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo. (...) Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismoy un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado. (..)Ojalá que algún día puedan publicarse los libros sobre mi adolescencia que escribí con tanto esmero: El atravesado y ¡Qué viva la música!. Eso y que por favor incineren mi cuerpo: ser devorado por los gusanos sería peor que seguir viviendo."

"(...)Nellicita querida, de no haber sido por ti, yo habría muerto hace ya muchos años. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento."

Andresito

*Fragmento de Mi cuerpo es una celda, Alberto Fuguet.

ASÍ ESCRIBÍA CAICEDO I

"(...) Música que me conoces, música que me alientas, que me abanicas o me cobijas, el pacto está sellado, Yo soy tu difusión, la que abre las puertas e instala el paso, la que transmite por los valles la noticia de tu unión y tu anormal alegría, la mensajera de los pies ligeros, la que no descansa, la de la misión terrible, recógeme en tus brazos cuando me llegue la hora de las debilidades, escóndeme, encuéntrame refugio hasta que yo me recupere, tráeme ritmos nuevos para mi convalecencia, preséntame a la calle (...)"

"Haciendo bizco pudo concentrarse en la naturaleza y el color de su vómito: amarillo como los frutos y las riquezas de nuestra patria, azul como el color de las montañas lejanas y rojo como los héroes por la sangre derramada".

"No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse; alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia (...)"

Fragmentos de su única novela concluida,¡Que viva la música!, 1977.

HAY QUE LEER A CAICEDO


Andrés Caicedo nació en 1951 en la ciudad colombiana de Cali.
Es un escritor desconocido para muchos, pero admirado hasta el paroxismo por aquellos que conocen su vida y obra.
Fue un amante crónico del cine, llegó a autodenominarse portador del virus de cinesífilis. Fundó el Cineclub de Cali y creó la revista Ojo al cine, convertida en poco tiempo en una de las más importantes de crítica cinematográfica del país.
A los 20 años ya se había retirado del teatro, donde había dirigido y escrito más de seis obras.
La mayoría de sus textos han sido publicados póstumamente. Se destacan:
El libro negro de Andrés Caicedo (2008)
El cuento de mi vida (2007)
Noche sin fortuna / Antígona (2002)
¡Que viva la música! (1977)

QUÉ HAY DE ÉL
En Argentina se editaron ¡Que viva la música!, Calicalabozo, Angelitos empantanados (o historias para jovencitos) y El cuento de mi vida.
Alberto Fuguet, autor del libro Mi cuerpo es una celda (tengo entendido que ya se consigue en las librerías), donde recoge cartas,anotaciones y comentarios de películas hechas por Caicedo, dice:
"El tipo no era realmente un rockstar, era un tartamudo, que se drogaba -no para bailar- sino para poder hablar con alguien. Era un nerd, un tímido que estaba metido en una celda, todo el día mirando películas, leyendo y escribiendo, casi como un enfermo".


TRISTE, SOLITARIO Y FINAL
Se suicidó a los 26 años,el 4 de marzo de 1977, el mismo día que recibió una copia de su primera obra terminada:¡Que viva la música! Allí aseguraba que vivir más de 25 años era una insensatez. Fiel a su filosofía de vida, esa noche ingirió intencionalmente 60 pastillas de secobarbital. Eligió morir del mismo modo que Charles Boyer, Marilyn Monroe, Judy Garland y Alejandra Pizarnik.
Al menos, no fue insensato.

lunes, 6 de abril de 2009

VERLA VOLAR



Alas cortas, dedos largos. Mansa.
Brazos en cruz, espera. Lista.
Crujen los huesos, se relaja. Preparada.
Otra vez en cruz, ahora paralelos. Ya.

Toma aire y se larga.
Ella es como una marioneta,
Presa de sus risas y sus sueños.

Si hay viento, vuela,
Si hay brisa, reposa.

Hace la planchita en el aire, sin patalear ni mover las manos.
Es un don.
No sabe a dónde ni por qué, pero va.
Eso no sé si es un don.

Infla su pecho de aire y toma envión,
Los pies hacen de resorte, el alma la eleva hasta el cielo.

Cabalga por la vida sin saber que las esquinas
No son camas elásticas ni los árboles jirafas hechas de raíces.

Tiene la boca llena, siempre. De aire.
Pisa firme, y se vuelve a lanzar.

Ya no hay quien la detenga,
Es el exceso del mundo el que quiere atrapar con sus manos.

Se entretiene aburriéndose,
Y rara vez se aburre entreteniéndose.

Es demasiado grande – y pequeña a la vez- para seguirle el paso,
Estamos rodeados por ella,
Y cuando se pierde en la altura,
El viento la maltrata pero le gusta,
Dobla, planea y descansa,
Cabecea entre algodones suaves y nos hace burla,
A lo mejor es una seña, que nunca llegaremos a comprender.

No te confundas pensando que por volar alto, te irás lejos.
Te irás, sí. Pero cuán lejos. Si para volver a subir primero tenés que bajar.
Salvo que tengas el don de las gaviotas, y vueles para siempre, siendo parte del aire.

viernes, 3 de abril de 2009

VERLA FUMAR


Era un buen ejercicio verla fumar. Prendía el cigarrillo hundiendo los pómulos y los ojos entrecerrados, como asaltados por granitos de arena, jugaban a la intermitencia ocular. Una mano hacía de pared para frenar el viento; la otra sostenía el encendedor que disparaba una llama potente e iluminaba la cara como una vela en la medianoche. Aspiraba el humo, lo contenía entre las encías unos segundos, y lo largaba en cuotas de a dos o tres soplidos simétricos.
Después miraba el cigarrillo. Controlaba si estaba bien encendido. Si la punta despedía destellos naranjas a la vez que consumía el tabaco de manera parsimoniosa, se había hecho un buen trabajo.
Sonriente por la tarea cumplida, te miraba a la cara, echaba humo con comba hacia el costado y te clavaba la mirada de su nariz en la sien. Nunca te inundaba la cara de humo. Era una fumadora respetuosa.
Nunca fumaba menos de 4 cigarrillos en una salida. Nunca más de diez. En ese promedio adictivo se movía la flaca que vestía vestidos sueltos y tenía el pelo largo como una autopista alemana.
Se reía con humo en la boca, lo despedía rápido, una o dos carcajadas espontáneas, de nuevo el bastón blanco a la boca, vuelta a aspirar, vuelta a despedir, vuelta a reír. Así podía estar un buen rato.
El problema fue aquella noche donde el viento se coló entre los árboles como una rama curiosa llena de oxígeno en sus pulmones.
Se enojó tanto que terminó estampando el encendedor contra una pared tatuada de grafitis.
Se quedó mirando el pucho que eyaculaba cenizas quemadas. Como un amante resignado después de una noche de tiros, balaceras y corridas zigzagueantes en una cama de plaza y media. Decidió no fumar por quince minutos. Ahí se acercó hasta la cerradura de mi boca y largó unas palabras con sabor a nicotina.
Siempre que fumaba, dibujaba siluetas en el aire.
Cuando fumaba en las escaleras, aparecían montañas.
Cuando fumaba sentada en un banco de plaza, largaba nubes en forma de espiral.
Cuando fumaba mientras caminaba, eran ráfagas rectas, como alfileres grises sin destino conocido.
Cuando fumaba en la cama, un pentagrama multicolor surcaba el aire.
Cuando fumaba en la bañera, su voz se confundía con la de la ducha.

De día era una más. De noche, una menos. Una menos que no fumaba. Salvo que hiciera mucho viento y optara por revolear el fuego contra el piso o la pared de los grafitis. Siempre encontraba alguna. Sino, le rompía la cara a alguna baldosa inocente.
Y es que últimamente, las noches son cada vez más ventosas. Y ella cada vez se parece menos a ella.
Cuando no fuma, su cara es como ese cigarrillo que no tiene en la boca. Como si el viento fuera su rostro. Como si la pared pintada de grafitis le pidiera de rodillas que la deje en paz.

PAPELÓN EN PAPEL

Diarios CRITICA y PÁGINA 12 del día 2 de abril de 2009.
Y después nos quieren hacer creer que sólo los chicos se copian en la escuela...


miércoles, 1 de abril de 2009

CHAU, DON RAÚL... Y GRACIAS (1927-2009)



Por la vuelta a la democracia.
Por devolvernos las ganas de votar.
Por recuperar el país de los VOTOS y condenar el de las BOTAS.
Por los discursos que arrancaban lágrimas.
Por el Nuremberg a las juntas militares.
Por el NO a la autoamnistía.
Por el divorcio vincular.
Por la patria potestad compartida.
Por sembrar la semilla de la unión latinoamericana.
Por ir a visitar a Fidel y hablarle de la necesidad de un socialismo democrático y de la idea de una Cuba donde haya partidos políticos.
Por la paz con Chile.
Por plantársele a Reagan. Y a la jerarquía de la iglesia católica. Y a la Sociedad Rural.
Por la CONADEP.
Por ser de los pocos políticos, sino el único, que se opuso a la Guerra de Malvinas cuando la ola patriótica amenazaba con taparnos a todos.
Por ser el Presidente de todos los argentinos, y no de un puñado.
Por jugarse por los Derechos Humanos cuando los leones estaban sueltos.
Por preservar la democracia cuando los milicos se pintaban la cara y tomaban cuarteles.
Por recitar el préambulo de la constitución.
Por enseñarnos que ese librito no iba a ser más el felpudo de botas verdes, sino el manual de lectura obligatoria de todos los argentinos.
Por demostrarnos que se puede ser político y honesto a la vez.
Por hacernos creer en la política.
Por apostar a los jóvenes.
Por morirse en el mismo departamento que durmió la noche en que ganó las elecciones, 26 años después.
Por ser un buen tipo.
Por cometer erores, pero desde la honestidad intelectual que otorgan las convicciones.
Por haber podido caminar por la calle.
Por haber sido un estadista.
Por haber sido un prócer mucho antes de tener una calle o figurar en un billete de curso legal.


Que descanse en paz, Presidente.